
Equipo de La Cigarra
Autoperfiles
.jpg)
Rocio Beja
Un poco de Freud entre mis versos En sexto grado hice mi primer taller de escritura. Escribíamos cuentos y después los leíamos en voz alta. Redacté muchísimos y salieron en la antología que acumula polvo en una de las repisas de mi casa. En ese colegio de barrio Pueyrredón, conocí a la seño Vivi, la mejor cuentacuentos, y mi debilidad por escribir. Soy una capricorniana decembrina, nací el 23, en vísperas navideñas. Desde aquel día en el año 2000, todos mis cumpleaños han sido calurosos, caóticos y un poco solitarios. ¿Quién está desocupado un día antes de Navidad? Cordobesa, pero no tengo el acento. En su lugar, me caracteriza esa leve tonada porteña que se me pegó por vivir un año en Pergamino, ciudad de Buenos Aires, y nunca se fue. Crecí en un hogar que me llenó de curiosidad. En todas mis fotos de bebé salgo con los ojos bien abiertos, había mucho mundo que observar. De mi viejo saqué las ganas de explorar; y de mi vieja, la capacidad de hablar sin parar, aunque eso implique aguantar la respiración para poder terminar la oración. Me moviliza escribir sobre la sociedad, lo que hace falta cambiar y lo que creo que necesita luz. Las injusticias me tocan una fibra sensible. No me encuentro en columnas políticas o económicas, dudo tener el potencial para eso. Fantaseo con un medio en el que pueda hablar de arte, de música y libros. Ojalá llegue y ojalá alguien lo lea. ¿Escribimos para ser leídos? Creo que sí. Pero la escritura siempre fue, para mí, la puerta de entrada al interior, propio y del otro. Soy militante y practicante del psicoanálisis, y del navegar profundo. Toda la vida dije que iba a ser psicóloga, como mi madrina. Pero la oportunidad de estudiar para estar en una radio se me presentó, y me metí de lleno en Comunicación. Según mi Medio Cielo en Géminis, tiene todo el sentido del mundo. La carrera desbordó mi persona y terminé en Gráfica, porque la voz me quedó chica. Ahora, irónicamente, me da un poco de vergüenza hablar en público, y se lo atribuyo a que aprendí el peso de las palabras, y nunca las volví a tomar a la ligera. Pero igual sigo deseando la radio y la Psicología. En las palabras siempre encontré consuelo y pasión. Soy una romántica empedernida, algún lugar en el mundo de las letras tiene que haber para mí. Supe escuchar que el periodista es el obrero de las palabras. Allí decidí, que en Gráfica, iba a juntar todas las herramientas que pudiera. Sueño con construir algo tan auténtico y particular que sea indisociable de mi persona. Quizás es un poco pretencioso. Muy pretencioso, incluso. Deseo que mi tránsito aprendiendo de la gráfica me acompañe en cada escrito que produzca. Hacer este auto perfil despertó más dudas que respuestas. Pero es un poco mi esencia. ¿Quién sería yo sin hacer tantas preguntas? Probablemente, todo lo contrario a lo que soy.

Mariana Bezzone
Lo que quedó de la pelota Un 28 de noviembre del 2000, Martín Palermo metió dos goles históricos para darle a Boca la Intercontinental. En ese preciso instante nací yo: Mariana. Nunca creí casual esa conexión con el día de mí nacimiento, siempre miré fútbol. Por suerte no soy de Boca y, entendí, que el Rojo es lo más grande que hay. Después del Diego y el Bocha, claro. Nací en La Pampa, me crié lejos de la gran ciudad. Ir a Buenos Aires era hermoso, me generaba sensaciones que no puedo ni plasmar en palabras. Nada se compara con ingresar por el acceso de la autopista y quedar anonadada con la imponente cancha de Vélez Sarsfield. Siempre supe que quería ser periodista deportivo. Estudiar en Avellaneda, ir a la cancha los fines de semana y ser reconocida por el mundo machista del fútbol. Lo pensé y soñé muchas veces, hasta que tuve que vivirlo. No pude. Me invadió el miedo. ¿Será para mí este mundo? ¿Qué hago con todo lo que me preparé durante estos años? Entendí que no tenía que probarle a nadie mis gustos, menos a un hombre que sólo sabe que quiere ver fútbol. Yo no quiero solo eso, soy mucho más que hincha de Independiente. Comprendí que mi interés periodístico es más amplio. Más diverso. Más crítico. Más disruptivo. Más social. Más radial y político. En 2019 tomé el camino de la Comunicación Social en Córdoba, fui consciente de que me estaba alejando un poco de esa idea inicial que me motivó al mundo del periodismo. En 2017 la desaparición de Santiago Maldonado me enloqueció, me marcó políticamente hablando. Prendía la televisión y no podía no llorar. Llegué a discutir a los gritos con muchos profesores del secundario, sé que no estuve bien pero es que un colegio católico me terminó por empujar al deseo de escribir y opinar. Con los años me encontré con un profesor increíble que me motivó al camino de la opinión. Me tildó de mediocre. Me dió herramientas para entender lo capaz que era de desandar el camino de lo social. El juicio a los delitos de lesa humanidad de la subzona 1.4 en La Pampa y el debate en el Congreso de la Nación por la despenalización del aborto terminaron por definir mi campo de interés. La decisión de estar hoy en la orientación gráfica está marcada por todos esos hechos que me formaron como estudiante. No soy muy buena escribiendo, mi relación con la escritura no es la mejor pero eso es parte de mí. Pienso más rápido de lo que puedo plasmar en palabras, esa es mi mayor expectativa de esta materia: aprender a escribir. Hace tres años me dedico a la producción de un programa radial de política internacional que sale por una radio comunitaria y puedo decir que hoy, soy más Mariana que antes.

Juan Ignacio de Rezendes
¿Qué pretende usted de mí? No quería seguir los pasos de mi abuelo y ser abogado. No quería ser ingeniero como mi papá ni enseñar matemática como mi mamá. La química y las ciencias exactas no son para mí. No me desagradan, pero no me cautivan. En el último año del secundario recuerdo cenar con mi familia y preguntarme ¿qué pretenden que estudie? Tras meses de indecisión, un test vocacional y divagar por los planes de estudio de distintas carreras de ciencias sociales, me decidí. Sabía que quería ser periodista y la Licenciatura en Comunicación Social tenía un poquito de todo lo que me gustaba, la decisión parecía bastante obvia. Comencé la formación con cierto temor. ¿Qué es la comunicación? ¿Comunicar qué cosa? ¿Para quiénes? A los cuatro años comencé a desarrollar un gusto por los deportes, siendo fútbol el primero. Pero con eso no me alcanzaba. Empecé a adentrarme en el mundo del tenis, rugby, vóley, Fórmula 1 y a formar un abanico que en ese entonces me resultaba infinito. Desde chico mi sueño era salir en televisión contando las noticias deportivas del día. Jugaba a ser periodista y trataba de demostrar que todo lo que decía estaba escrito y firmado en un repositorio llamado “Información Real”. Incluso me enojaba si le arrojaba un dato mínimamente erróneo a mi padre o a mis amigos. Si bien hasta los 18 años no leía casi nada, me fascinaba la idea de ser un lector empedernido y tener una gran biblioteca. Por supuesto, también escribir. En mi pieza aún guardo un cuaderno de color rojo con una animación del Hombre Araña donde solía anotar datos curiosos, banderas de países, resultados, estadísticas, recuerdos. Allí reside mi infancia. Mi relación con los diarios era de contacto. No los leía pero los tenía cerca. Mis papás compraban el hebdomadario todos los fines de semana y mis abuelos recibían el periódico provincial todos los días. Me intrigaba saber qué era lo que pasaban tantas horas leyendo. Soy curioso. Una vez que algo me llama la atención, me adentro en ese mundo de manera obsesiva. Me pasa con el deporte, el cine, la cartomagia, la música. A esa curiosidad la relacioné con la investigación, el conocimiento, la lectura y la escritura. Ahí forjé una idea –bastante errónea- de que el verdadero periodismo era el escrito. Cuando fui a inscribirme a la facultad, un muchacho de una agrupación se acercó y me preguntó: -¿Qué orientación te llama la atención? ¿Radio o televisión? -Gráfica- le contesté mientras recibía unos folletos que me daba. Desde que elegí la orientación, he escuchado mucho sobre los profesores y la materia Redacción Periodística dos en particular. Inicio el ciclo con mucha expectativa de descubrir nuevas herramientas y lograr mantener esa pequeña patología curiosa que mira con recelo al periodismo y sus formas. A poco de terminar la carrera, vuelvo a esa mesa con 18 años sin saber exactamente qué pretendían, pero puedo afirmar que elegí bien.

Priscila Perez
Artísticamente hablando Para iniciar esta escritura estaba intentando pensar cuál de todos los pequeños acontecimientos de mi vida es el que más me define. No lo logré, puesto que siento que soy una construcción de todos aquellos retazos de experiencias que viví. Pero si lo tuviese que resumir, soy la adulta resultado de una niña y adolescente fantasiosa, que encontró refugio en la escritura y a través de la observación desarrolló una intensa curiosidad. Las horas de dibujos y pinturas le daban cuerpo y forma a mi gran imaginación. Con un espíritu de pueblo, muy poco ambicioso, pero que disfruta a pleno el recorrido. Prestando mucha atención, logré tomar de ese recorrido grandes aprendizajes que me construyeron y me hicieron mejor persona. Mi infancia está musicalizada con todas esas canciones de María Elena Walsh que me ponían para dormir, junto a mi hermano. El cuento en la cama era infaltable y a la mañana siempre estaba el tordo en mi patio que cantaba desde su jaula. Con el tiempo, los cuentos que más me interesaron fueron los de terror y desde entonces es el género que más disfruto. En la adolescencia leí El diario de Ana Frank y descubrí un genuino interés por la historia. Desde esos días, me hace ruido la existencia de un mundo tan injusto. El arte siempre habitó en mí y supo hacerse presente durante mi recorrido por el secundario, mezclada con mi deseo de prolijidad y dedicación. Mi madre alimentó esa faceta. En esa fusión de ideas nació mi interés por el periodismo. Los sentimientos a flor de piel no fueron de gran ayuda para afrontar la disciplina, pero aprendí a usarlos como un lente para ver el mundo desde la empatía y para relacionarme viendo siempre más allá. La carrera me permite conocer muchas personas y visitar muchos lugares, me hace sentir que siempre se puede poner un poquito más de corazón en el trabajo y me enseña a ser una versión de mi misma mejorada. Venir a estudiar a Córdoba era el deseo más anhelado y el desafío más grande. Toda la curiosidad que sentía por fin podía florecer en una ciudad con tanto para ofrecer y en una carrera tan abarcativa y diversa. En la orientación Gráfica vi confluir todo mi interés por el arte transformado en diseño y todo mi amor por la escritura transformado en herramienta para cambiar la realidad. Estoy atravesada por una fuerte melancolía por el pasado y una gran curiosidad por el futuro, que me da la posibilidad de proyectar sin dejar de lado todo lo vivido. Cada paso lo doy en silencio, admirando los detalles, el éxito que siento quizás no es el convencional pero sí es el personal. Haber llegado hasta acá es un mérito muy importante y un logro que comparto con todos los que forman parte de mi vida. Espero en este último tramo seguir incorporando herramientas para crecer en todo sentido.

Azúl María Arrascaeta
Palabras mágicas Era diciembre de 2018 cuando decidí, en medio de una crisis emocional sobre mi futuro, inscribirme a Comunicación Social sin saber bien por qué lo hacía, solamente esperaba no abandonar los estudios un año entero. A principios de ese año, había comenzado a cursar Letras Modernas con expectativas super altas y pensando que había hecho una gran elección con respecto a mi futuro. Me equivoqué, y para fin de año, ya no sabía qué me gustaba ni qué quería para mí. Después de contarle a mi familia, y viendo qué podía hacer hasta encontrar lo que “realmente me gustaba”, medio al boleo, me anoté en Comunicación. Lo gracioso de la anécdota es que mi mamá me lo había repetido desde mediados del secundario: “Vos tenes que hacer periodismo”. Yo en ese momento la sacaba a patadas porque creía que la timidez nunca me iba a permitir hacerme un lugar frente al resto de las personas para expresar mis ideas, y que nadie iba a querer escuchar lo que tenía para decir. Spoiler: inscribirme a esta carrera me cambió la vida, y confirmó el famoso mito de que las mamás lo saben todo. La mía siempre lo supo. Siempre supo que era lo que me esperaba en el camino de forjarme como profesional y como persona, y creo que también lo supo antes que yo. Sabía cómo me brillaban los ojos cada vez que escuchaba o contaba una historia. A veces uno no se da cuenta (de las cosas) por más evidente que parezca. Yo siempre amé escribir, pero realmente no entendí lo profundo de eso hasta hace un tiempo. Me encantaban los libros, la fantasía, los magos que volaban en sus escobas y estudiaban en un castillo mágico. Sumergirme en otros mundos me parece algo sencillamente increíble, y aunque tengo muchos borradores escritos a lápiz de una niña Azul que intentaba construir fantasía en algunas cuantas páginas, la realidad es que nunca pude con eso, con la parte de la fantasía en mi mente. Sabía que podría redactar y sabía que podía expresarme sencillamente a través de las palabras, pero no encontraba mundos extraordinarios y de ensueño frente a mis ojos, solo podía describir mi cuarto hueco de paredes celestes. Hasta que un día me crucé con el libro de un querido uruguayo en mis manos, Eduardo Galeano, ahí lo supe. Pude apreciar cómo no sólo la fantasía me hacía suspirar, sino también la realidad, el mundo en el que habito podía transformarse en algo increíble e interesante cuando alguien utilizaba las palabras justas para narrarlo. De allí en más, me enamoré de las crónicas, el periodismo, las historias de la gente común y de este mundo corriente. Y, en este momento, enfrentarme a cursar una materia como Redacción me abre la hermosa posibilidad de comenzar a adentrarme a ese universo de palabras y quizás generar en alguien lo mismo que generó en mí un día Galeano.