top of page

Teatro de guerra

Foto del escritor: JUAN IGNACIO DE REZENDES
JUAN IGNACIO DE REZENDES
15 nov 2022
2 min de lectura




Primer minuto del segundo tiempo, el marcador del partido dice que vas 0-0. Al frente tenés al equipo más importante del mundo, el Real Madrid. Para colmo, jugás el partido más complicado. Un estadio que desconocés y una hinchada que te acompaña como puede; no te desesperás y salís jugando. En un momento, la pelota le queda a tu lateral izquierdo que mete un pase gol y con un cabezazo certero transformás el resultado y pasás a ganar. El desenlace es anecdótico pero tú esfuerzo no.


Cada 24 horas inicia y cierra un día. Se resetea el ciclo de la comedia humana. Habitualmente, enfrentamos los desafíos diarios con un abanico de cosas que sabemos que pueden pasar, otras que tienen que suceder, otras que pueden ocurrir y finalmente otra parte librada a la dulce magia del azar. Al trasladar ese panorama a un escenario de guerra, el plano adquiere matices más tenebrosos y desconcertantes.


Así sucede con el de Shakhtar Donetsk, de Kiev o de Leopólis: un equipo que remonta épocas pasadas y vuelve a la cultura nómada. No lo hacen por voluntad sino por obligación.

La invasión rusa a Ucrania comenzó el 24 de febrero de este año. La mudanza obligada de los del Shakhtar en 2014. Al principio, su estadio, ubicado en la región del Donbass fue bombardeado cuando Vladimir Putin empezó su incursión por el territorio y desató un conflicto en la zona. Desde ese momento, juegan de local en lugares donde no les corresponde. Los hogares transitorios de los “mineros” fueron Járkov, Kiev y recientemente por la Liga de Campeones, la ciudad de la resistencia: Varsovia.


Los jugadores lo tienen asumido. Conviven con el horror, la intranquilidad de un bombardeo, un desastre nuclear o drones “suicidas” que sobrevuelan ciudades como si fueran golondrinas. Se miran y entienden que su responsabilidad es para con el pueblo. Cambian un fusil por la pelota. El juego de las mil caras nos revela otras de sus facetas: el fútbol como canalizador de emociones positivas.


Vuelvo al partido. Terminó en un final agónico 1-1. Los ucranianos se vuelven — ¿a su casa?— con un solo punto. Los transporta un autobús con el lema “Paren la Guerra”. Los espera la liga doméstica, insípida, con partidos sin público que, en palabras de Galeano, es como bailar sin música. Para el odio el remedio es el amor. Para la guerra, fútbol. Pasión.

Ante el miedo, la desesperación, la congoja, la incertidumbre y el desahogo se puede usar un instrumento que tenemos a mano: gritar. Hay quienes gritan por diferentes motivos. Por un susto repentino, por un dolor insufrible, una pérdida irremediable. Otros –como dice el entrenador del Shakhtar, Igor Jovicevic– gritan para alertar que siguen vivos.


Comentarios


bottom of page