Niños maduros, adultos infantiles
La niñez y la adultez parecen estar desapareciendo en un mundo capitalista que sienta las bases de una cultura del consumismo, reproducida por los medios de comunicación masivos.
Su principal herramienta: la televisión. Su invasiva presencia muestra a los más chicos material audiovisual que no requiere que sepan leer o escribir, exponiéndolos a un contenido que no tiene barreras o límites de edad. Posteriormente, surge internet: que entre otros usos más positivos también puede actuar como cuna de la violencia, contenido sexual y pornográfico, material racista, discriminatorio o de odio y sitios web que defienden conductas poco saludables o peligrosas, como autolesiones, suicidio y anorexia. Todos los intentos de regular lo que se sube a la red y lo que se transmite en televisión resultan absurdos, entonces les soltamos la mano a los niños en un mundo peligroso donde los riesgos pueden traducirse en un daño real si no se toman los recaudos necesarios.
La otra cara del problema son los adultos que actúan como adolescentes, como si permanecieran en esa etapa asociada con la libertad y la felicidad, como hedonistas que persiguen únicamente el placer. Nuestro actual sistema socioeconómico necesita un alto nivel de consumo y la adolescencia produce enormes beneficios para las empresa, porque está caracterizada por el consumo irracional de bienes y servicios. Aquí entran en juego las redes sociales, que funcionan como diarios “íntimos” públicos en dónde toda nuestra vida queda registrada, y conforman un espacio donde todo acto es un combate por status social alimentado por las apariencias, la espectacularización y el morbo.
Para el sociólogo Zygmunt Bauman, vivimos en una sociedad de consumo que promueve la búsqueda de satisfacción de deseos que ella misma crea y estimula para mantenerse en funcionamiento. A lo mejor tenía razón cuando dijo que trasladamos la relación con los productos a las relaciones personales. Si algo no es rápido, inmediato y satisfactorio, se huye de ello. Pensamos que la rapidez del click del mundo digital también funciona en la vida real.
Se idolatra el comportamiento juvenil y la inmadurez, donde cada persona que está metida en los mass media es tratada como un rockstar juvenil y si no es así, parece que no existiera.
En esta construcción del mundo consumista, individualista y adolescente, los niños y los viejos son vistos como una carga que debe aislarse o evitarse en pro de una vida de “libertad”. A su vez, la infancia es adultizada por la misma familia, haciendo que se enfrenten al peso de una vida adulta sin dejarles espacio para crecer y jugar.
La libertad se transforma en una herramienta de autosatisfacción, actúa como una máscara que no nos permite como adultos afrontar y desafiar con madurez los desafíos globales y personales. La paradoja de una libertad indiferente de la sociedad, que quiere ser joven por siempre pero menosprecia a los infantes.




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